Diario de un editor

30 abril 2021

UNA SOLEMNIDAD IMPROPIA

Hace unos días presentamos en Belmonte, la capital de un concejo asturiano cercano a Somiedo, el libro de la periodista Rosa Fuentes, Trasiego. Un año sin trabajo.

El acto, que hubo que repetir por la afluencia de gente y el cumplimiento de las medidas de control sanitario, se celebró en un polideportivo sotechado, al aire libre, colindante con un rio salmonero y un campo de fútbol. Fue, sin duda, la mejor presentación que haya tenido esta editorial nunca. Auténtica, generosa, entrañable, emocionante, capaz de conmover hasta las lágrimas.

Hubo gente que confesaba abiertamente que llevaban más de un año sin encuentro común alguno, y que no sabían lo bien que se podía pasar con estas cosas de los libros.

“Tuvo una solemnidad impropia”, me dijo después el hermano de la autora en un hallazgo de precisión conceptual. Por rizar el rizo creo yo que esa solemnidad es propia de los libros y de los encuentros sobre los libros. Lo demás es jujaneo, cosas de los medios y de los académicos. El marqués de Quintanar, viejo lector del poeta Fernando Villalón, me dijo hace unos años:

“En mi casa todo es formal, Julio”.

Pues eso.

09 marzo 2021

TRATO Y TRATAMIENTO

En su día la ley orgánica general penitenciaria, primera de su clase tras la restauración democrática y aprobada por aclamación en el nuevo parlamento de 1978, acordó el espinoso tema de la vida en privación de libertad desde dos conceptos básicos: régimen y tratamiento.

Un régimen de mantenimiento de todas las libertades no conculcadas por la sentencia donde se asentaba una intervención personal e individualizada, cuya planificación estaba encaminada a la reinserción social. Pasados los años, el fracaso de esta reforma, tan esperada y aplaudida,  quizás haya tenido que ver con que no se tuvo en cuenta que entre régimen y tratamiento estaba el “trato”; el factor humano que debía engrasar de forma constante la maquinaria.

Hace justo un año, en los días inmediatamente anteriores al confinamiento general, sufrí internamiento por Covid en uno de los hospitales generalistas de la ciudad impar en la que vivo. No me mató la enfermedad, pero a punto estuvo de hacerlo el trato recibido. Nunca me he sentido tan ofendido, tan vejado, tan apestado, tan mal/tratado como en aquellos días malditos en los que sabíamos tan poco (médicos y pacientes) los unos de los otros.

Desde entonces he procurado esmerar el trato. Como persona, y, consecuentemente, como editor. Intento con entrega encontrar el corazón de los libros que publico, revestirlos de acuerdo a la ocasión, velar por ellos y tenerlos en mi compañía, tal y como exige el Código Civil a los padres respecto de sus hijos. Lo intento también con todos los intervinientes en el proceso: autores, maquetadora, impresor, libreras y lectores. Esta obligación del trato quedó fijada para mí a través del maltrato. Una lección que no olvidaré nunca.

16 febrero 2021

LA MIRADA AMABLE

La mirada amable es propia de los hombres inocentes, y de los pintores. Traspasa lo mirado y va directa al corazón de los asuntos. Con la rapidez del rayo, llega mucho antes que la razón. Por eso resulta peligrosa.

Otorga atención a lo pequeño, a los márgenes, a lo poco llamativo, a lo que no tenemos por importante. Concede hospitalidad a los objetos y a los acontecimientos que vienen y van, mostrando la unidad de las cosas, el paso fugaz de la brisa que perseguimos incluso sin saberlo.

La mirada amable del pintor escucha y ve por nosotros, porque ha dejado de escucharse a sí misma. Debemos a los pintores ese esfuerzo por ver lo que nosotros no vemos, aun teniendo la realidad frente a los ojos.

“La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso, pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! ” (San Mateo 6,20)

Nunca había reparado en este pasaje evangélico. Estaba ahí y no lo veía. Tampoco ellos habían sido capaces de iluminarlo en su incesante ruido.

04 febrero 2021

AMABILIDAD

Alguien dijo al comienzo de esta pesadilla que nos íbamos a volver más humanos. Que íbamos a sacar lo mejor de nosotros mismos. Los escépticos miraron para otro sitio, y los cínicos bufaron para espantar al maligno. Los sensibles se taparon las narices y aceleraron el paso.

No seré pesado con los detalles, pero permítame decirles que echo de menos cada día la amabilidad de otros tiempos. Las cajeras se han vuelto contra las personas mayores por su lentitud, los vecinos han dejado de saludarse en el garaje, los médicos no te invitan a sentarse, es complicado anotar los episodios de deferencia entre desconocidos…

En la amabilidad reconocemos al otro como un ser independiente de nosotros; celebramos su otredad, la incorporamos. Manifestamos nuestro sentimiento de hermandad en este trance que nos está minando; cedemos el paso aunque sea de cebra, o lo agradecemos con un saludo mínimo de los que reconfortan a quien lo recibe.

Parece mentira, pero la amabilidad es la puerta de salida a todo este embrollo. Estoy seguro. Debajo de los adoquines está la playa. Tenían razón en Nanterre.


17 diciembre 2020

AFINIDAD

Las primeras bibliotecas de las que tengo recuerdo se ordenaban por materias. Eran bibliotecas familiares donde la novela policíaca, los novelistas católicos (Bernanos, Green), o los autores de la época (Mika Waltari,  Morris West) compartían estantería con otras, dedicadas a los clásicos, o a los españoles de postguerra con Delibes a la cabeza, y para mí, la trilogía de Gironella que he vuelto a leer varias veces en mi vida.

Era un orden que parecía firmemente asentado, sin fisuras, gracias a la claridad de conceptos y gustos, a que se publicaba poco, y a que se compraba menos , incluso para los que eran proclives a esas debilidades. Tampoco mi padre (un buen lector), ni sus amigos más cercanos eran expertos, con lo que la biblioteca de la calle de Capuchinos Viejos, resultaba muy apañada, en torno a unos 300 ejemplares, que se apoyaban unos en otros, guarecidos tras un par de buenas enciclopedias.

La última vez que tuve que ocuparme  del orden en mi biblioteca, los volúmenes pasaban ya de tres mil , y me vi en la necesidad de comenzar a tirar en el cambio de casa. Llevaba los libros en montoncitos hasta algún contenedor cercano, con la torpe ilusión de que llamarían la atención de alguien. Nadie había mostrado el menor interés por ellos, salvo un tratante que me ofreció un precio alzado por todos, con la intención de quedarse en el lote la biografía de Astrana Marín sobre Cervantes, con una encuadernación castellana muy bonita que había comprado en Madrid hace unos años. Le dije que esperaría un poco.

Mi biblioteca ha pasado por varios intentos de orden desde su nacimiento. Nacionalidades, autores, tipos de edición, editoriales, o ciertas cronologías, sin lograr asentarse con firmeza bajo ninguna opción. Poco a poco ha ido decantándose, ella sola, hacia la afinidad que es una fórmula más personal y sincera que sirve para casi todo, incluidas las relaciones familiares y sociales. Quien más y quien menos sabe de lo que hablo.

Escritoras sureñas americanas, escuela de Viena, fútbol, diarios y rusos, son algunos de mis rincones que vaya donde vaya siguen creciendo conmigo. Quizás porque hace un tiempo que ya no crezco, algunos de mis libros se han quedado desparejados y no encuentran acomodo. A todos nos pasa. A mí me pasa mucho.

23 noviembre 2020

LA AUTORIA

Si tuviera que elegir un escritor de  cabecera, seguramente elegiría a Plá. Me resulta especialmente cercano su civismo, su edad (siempre fue mayor), su torpeza manual, su facilidad para los adjetivos, su ritmo, su capacidad de observación, su olor a viejo, mezclado con el de alguna colonia cara. Su alejamiento de la transcendencia. No siente  interés alguno por el fondo de las cosas. La piel es su territorio.

El mejor Plá, es el del Mediterráneo. Los pescados, los colores, a las gentes, los cafés de Estambul, la pasión funeraria de Sicilia. La vida en la calle. 

Acabo de leer un reciente volumen de Destino (Las ciudades del mar), en el que este acercamiento tan de mi agrado, cobra su máxima expresión. Un libro para tener cerca en invierno, cuando dudemos que volverán a florecer los almendros, y llegarán las brisas de abril, y el sol de mayo.

Plá tenía serias dificultades con el alcohol, y con frecuencia perdía pie en su equilibrio psicológico, según cuentan sus biógrafos. Era de carácter hosco, misógino, con un trato difícil y distante. Una naturaleza seguramente contrariada. 

¿De dónde sacaba entonces su mirada piadosa, que tanto me serena? Para el editor, el misterio de la autoría supone, además, un plus de peligrosidad. Un dolor de cabeza, a veces, insoportable.  


05 noviembre 2020

Libros de cabecera

Apenas tengo familia. Muy poca, en realidad. Tampoco tengo grandes amigos. La vida social se traga todo. Me parece normal que esos espacios tan íntimos hayan sido, desde muy temprano, ocupados por los libros y, por qué no decirlo, por mi pasión intacta por el juego del fútbol.

La mejor prueba  que puedo aportar en defensa de una realidad tan atípica, pueden darla las estanterías de mi biblioteca, que una a una, y según se han ido necesitando, han sido elaboradas por un antiguo alumno de una institución disparatada y entrañable donde pasé los mejores años de una vida laboral ya pasada. Nunca olvido esto cada vez que tomo un libro, o busco hueco para uno nuevo.

Entre mis libros cuidadosamente ordenados  por afinidad, ha habido siempre volúmenes de cabecera que me prestan socorro en épocas contrariadas. A veces pasan temporadas largas en las dos mesillas de noche que guardan mi cama. Me defienden como defienden los libros. Sin hacer ruido, sin aspavientos.

Ahora, en estos largos meses en que hemos tenido que confinarnos a nosotros mismos porque nos estábamos haciendo demasiado peligrosos, los libros de cabecera han dado un paso al frente y  duermen conmigo. Me gusta teneros debajo de la almohada y tocarlos por la noche. Pasar mi mano  por la certeza de su cubierta. Ha sucedido primero con  84 Charing cross Road, y dese hace unas noches, con Mendel el de los libros. Amo su final como se ama a un ser querido:

“Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.