14 enero 2013

Literal

Un apunte al concluir mi excursión por el gran libro de juventud:
Apenas 100 años separan la aparición de Robison Crusoe y el Quijote de Miguel de Cervantes. Centrados en una época tan poco “rápida”, por decirlo de alguna manera, podría argumentarse que De Foe y el hombre manco fueran contemporáneos, y que sus dos libros resultan primos hermanos.
Me imagino que tal circunstancia no habrá sido ajena a la literatura comparada. He buscado en Steiner y Bloom en mi modesta biblioteca y no encuentro nada. Sin embargo, seguro que si entro en Internet me mareo, así que he decidido dejarlo y aventurarme con esta hipótesis que les cuento:
Hay tanto en Foe como en Cervantes una reivindicación abierta de los valores intrínsecos al hombre. De su capacidad de estar solo en el inglés, de su valor para gobernarse en la adversidad, de construirse y crecer en el infortunio. En el alcalino la grandeza de espíritu, la vocación heroica, la nobleza como forma de de conducirse y de mirar en el mundo de lo cotidiano. ¿qué les diferencia, entonces? ¿qué se encuentra en el corazón de sus identidades?
Quisiera abrir un par de compuertas para cualquier tarde que tengan a bien compartir una taza de té y un rato literario:
No hay en todo Robison una brizna de humor. Una insinuación al hecho cierto de que el hombre es el único animal capaz de hacer un chiste entre un estímulo y una respuesta. Yo tengo ataques de risa gozosos e incontenibles cada vez que leo cien páginas del hidalgo. Aún más, no hay en todo el texto del náufrago una sola tertulia, siquiera un amago. Que yo recuerde ahora un solo diálogo en formato de libreto teatral.
Por contra, todo es conversación entre Quijote y Sancho a lo largo de las mil aventuras y sucedidos. En alguna ocasión, incluso, Sancho suplica a su señor que levante la sanción que pesa sobre los dos y puedan, en presencia, abrir sus sentimientos, poder hablar, conversar, cotillear un poco. Poder entrar en relación con el mundo a través de las palabras, de su cálido abrigo, de su función de mantas cariñosas que cobijan frente a la intemperie a los interlocutores amigos, amantes, familiares o viejos conocidos.
La conversación –creo haberlo leído alguna vez en Bloom- es la esencia de ese libro desatinado y hermoso en grado sumo habitado por las palabras. Por la musicalidad honda, por el son de las palabras.
“La hora del alba sería”, dice el narrador en uno de los prmeros momentos. Conversar, hablar con el elegido, no tiene precio.
Literal.